Tendencias & Innovación

Si innovar es fácil ¿por qué hay tan pocas empresas innovadoras?

Si innovar fuera fácil todo el mundo lo estaría haciendo. Pero tampoco es algo que sea difícil sino que lo que supone innovar es entrar en un entorno de complejidad. La innovación es compleja porque requiere de integrar diferentes elementos y ámbitos que en muchas empresas no están conectados; o lo que es peor, que se ignoran entre ellos. La necesidad de entender esa complejidad es lo que hace que sea necesario un conocimiento de se puede desarrollar la innovación en una organización, pero sobre todo requiere del conocimiento de cómo se desarrollan los procesos dentro de la organización y de cuáles son las redes formales e informales por las que se comunican los empleados de la empresa.

Y esta complejidad es la que pone en cuestión a uno de los conceptos que en los últimos años se ha puesto de moda: la agilidad. En muchas empresas esta moda se ha planteado como una necesidad estratégica porque “los cantos de sirena” de que los que dicen que hay que ser ágil para sobrevivir en el mercado, que además les convencen que si adoptan una metodología de las diferentes metodologías ágiles que se han creado conseguirán triunfar en el mercado. Y esto que se dice sobre la agilidad se dice también sobre la innovación: si se implementa una metodología de innovación se conseguirá ser innovador.

En ambos casos las organizaciones que se crean esto pueden cometer un error de importantes consecuencias. El hecho de adoptar una metodología para ser algo, ser innovador o ser ágil, lo que conlleva es que vamos a tratar de incorporar al día a día de nuestra organización métodos, buenas prácticas y procesos con los que creemos que vamos a conseguir nuestro objetivo. Sin embargo esta forma de operar tiene un error de base: no crea un cambio cultural en la empresa. Y eso es lo que hace difícil que pueda tener éxito porque no incide en los fundamentos de la empresa.

Ser ágil o innovar no se consigue siguiendo un método, se requiere algo más; y esto es lo que se consigue si antes se adopta una filosofía. Es decir, si adoptamos unos principios y unos valores vamos a provocar que se desarrolle una forma particular de pensar que tendrá como consecuencia nuevas formas de comportarse en la empresa y también debería provocar cambios en la forma en que se crean o configuran las redes en la empresa.

La decisión de ser innovador o ágil por filosofía o por metodología es substancial. Si adoptamos una filosofía lo que hacemos es incidir en los aspectos intangibles que son los que construyen la cultura de una organización, y que crecen y evolucionan en el tiempo. En cambio, si adoptamos una metodología incidimos en aspectos tangibles, en ámbitos de proceso. Pero la diferencia relevante es que una filosofía no va ligada a una metodología sino que permite escoger la que se considere más adecuada en cada momento, e incluso podemos utilizar simultáneamente varias metodologías en función del proyecto. En cambio sí implementamos una metodología y no funciona como pensábamos que haría o no nos sirve para determinados proyectos entonces se cuestiona la innovación.

Esto que expongo que parece una obviedad es una de las situaciones que se produce en todo tipo de organizaciones. Y en especial en aquellas que empiezan y que quieren desarrollar productos o servicios de base tecnológica: las que se conocen como startups o empresas emergentes. Este es un mundo, el de las startups, en el que por la necesidad de tener rápidamente ingresos para poder subsistir en muchos eventos se pone énfasis en la prioridad en utilizar una de las diferentes metodologías que se han creado para innovar en startups. Se focalizan los eventos en los métodos, en como lo hacen o como lo hicieron los que ahora son grandes empresas, pero olvidan que los que ahora son grandes lo son porque tienen una filosofía que sustenta la innovación en esas empresas. Pero ¿por qué se incide en las metodologías y no en las filosofías?, pues porque una metodología es fácil de implementar y puede producir resultados de forma rápida. En cambio implantar una filosofía es más difícil y sus resultados son a medio y largo plazo. Porque implantar una filosofía empieza por la cabeza, es decir, por la alta dirección de la empresa. Y estos deben ser los primeros que deberán creerse y asumir lo que los demás tendrán que incorporar a su cultura empresarial. Y esto es el punto en que empiezan las dificultades y lo que genera la complejidad porque no siempre los miembros de la alta dirección están dispuestos a adoptar unos nuevos principios o valores. Las reticencias al cambio, el tener que salir de la zona de confort es sobre lo que va a tener que incidir cuando en una organización se quiera ser innovadora o ser ágil.

Y ¿cómo se puede empezar a concienciar sobre esto? Pues en mi opinión con formación. Pero no una formación en metodologías o procedimientos sino una formación basada en introducir los principios y valores que se quiere que arraiguen en la empresa.