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¿Cómo financiar el activo corriente de tu empresa?

activo corriente

En gestión financiera, se denomina activo corriente a todos aquellos recursos con los que cuenta una empresa y que tienen la característica de convertirse en líquidos en un plazo máximo de 12 meses; es decir, que se pueden usar en el día a día del negocio.

El dinero que tenemos en caja es el ejemplo más palpable, pero no el único. También entran en esta categoría otros valores como el dinero en el banco, las existencias que estén almacenadas en bodega y algunas inversiones financieras.

Por tanto, la característica fundamental del activo corriente es que se puede vender, intercambiar, negociar, entregarse como pago y hasta reinvertirse sin mucha dificultad.

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Ejemplos de activo corriente más allá del dinero en caja

El activo corriente no se reduce al dinero que tenemos en mano. Recuerda, el plazo máximo para que un recurso pueda ser considerado como tal es de 12 meses, lo cual hace que otro tipo de beneficios no tangibles (y generalmente incluidos en proyectos a medio plazo) también entren en esta categoría.

Hablamos, por ejemplo, de los productos que una empresa tiene disponibles para la venta en su almacén, que si bien no son liquidez en términos prácticos, sí que han sido diseñados y elaborados para que al cabo de ciertos plazos se traduzcan en ella. Nadie fabrica algo para mantenerlo por siempre almacenado; siempre se buscan beneficios.

Otro ejemplo de activo corriente son las cuentas por cobrar, es decir, compromisos por los que la empresa recibirá pronto los beneficios que ha estado esperando, y que al concretarse se convertirán en una fuente directa de liquidez.

Finalmente, no debemos dejar de mencionar las inversiones a corto plazo. Aunque son poco frecuentes, pues por lo general siempre se proyectan a medio o largo plazo, sí que tienen un lugar en la categoría de activo corriente.

 

Claves para financiar al activo corriente en tu negocio

Aunque parezca una tarea sencilla, la gestión del activo corriente es más compleja de lo que creemos. De hecho, muchas empresas ni siquiera cuentan con una estrategia financiera para controlar la evolución y el retorno de dichos recursos.

Una clave fundamental para ello es aplicar el concepto de fondo de maniobra, que no es otra cosa que la diferencia entre el activo corriente (liquidez de la empresa) y el pasivo no corriente (compromisos a largo plazo).

Cuando el primero es mayor que el segundo, es decir, cuando el dinero que tenemos a mano es más que lo que corresponde a los compromisos adquiridos a largo plazo, el fondo de maniobra será favorable. En cambio, en la situación contraria dicho fondo será negativo y la financiación del activo corriente tendrá que esperar.

Ahora bien, la aplicación del concepto de fondo de maniobra plantea para la empresa dos situaciones que conviene valorar detenidamente:

a) Si el pasivo corriente es mayor que el activo corriente: es una de las situaciones menos recomendables para financiar un activo corriente. Las deudas que se pueden generar a corto plazo son mayores que los recursos obtenidos en ese mismo plazo para cubrirlas.

b) Si el activo corriente es igual que el pasivo corriente: es la situación ideal para financiar cualquier activo corriente. De hecho, se recomienda que el fondo de maniobra sea mayor y que el nivel de la liquidez de una empresa sea mayor que los compromisos a corto plazo que haya adquirido.

 

Sea como sea, lo más recomendado es que el activo corriente siga su ciclo normal de evolución hasta que se convierta en liquidez. En ese momento es cuando la empresa puede dar por cerrada su conversión y pensar en opciones de financiación del mismo.

 

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